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Langer, M. (1949). Mead, Margaret: Sexo y temperamento. Editorial Abril, Buenos Aires, 284 págs., 1947.. Rev. psicoanál., 6(3-4):751-753.

(1949). Revista de Psicoanálisis, 6(3-4):751-753

Mead, Margaret: Sexo y temperamento. Editorial Abril, Buenos Aires, 284 págs., 1947.

Review by:
Marie Langer

La autora se propuso como fin de sus investigaciones, expuestas en este libro, comprobar, si hay o no diferencias reales y universales entre la psicología de Jos sexos, ya sean cuantitativas o cualitativas o si nuestros conceptos de lo que se llama cualidades masculinas y femeninas son arbitrarias y el resultado casual de nuestra cultura. Convivió durante muchos meses con varias tribus primitivas de Nueva Guinea, para estudiar su forma de vida social, la psicología de los sexos entre ellos, sus normas éticas, etc. Llegó a resultados sorprendentes. La primera cultura que estudió es la de los arapesh de las montañas, tribu patriarcal y patrilinear con restos de forma matrilinear. Se trata de un pueblo de gentes dulces, humildes, cooperativas. Educan a sus hijos con suma libertad, evitando en lo posible toda clase de frustraciones y enseñándoles que la tribu consiste únicamente en gente buena y protectora, que todo lo malo viene de afuera, de pueblos lejanos. Entre ellos hay cierta repartición de trabajo. Evidentemente la vida de la mujer se desarrolla siguiendo normas distintas de las del hombre. Sin embargo, para ellos, el carácter de los dos sexos es el mismo. Suponen que el niño se forma tanto de sangre menstrual como del semen masculino, lo que obliga al hombre a realizar el máximo de coitos durante el principio del embarazo, para alimentar bien al feto. Después tiene que ajustarse a diversos tabúes, igualmente como la mujer. Después del nacimiento de la criatura convive con su mujer y el hijo recién nacido en una choza especial, recostándose y guardando los mismos tabúes alimenticios que ella. Durante los primeros años de la criatura el padre adopta un papel, que sería, siguiendo nuestras pautas culturales, francamente maternal.

La segunda cultura que estudió la autora es la de los mundugumor, pueblo salvaje y arrogante, que era hasta hace pocos años, caníbal y cazador de cabezas. Allá tampoco reconocen distinción psicológica de sexos. Tanto hombres como mujeres demuestran valor, independencia, temperamento violento y un rechazo grande de las criaturas.

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